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    <title>BLUDIT</title>
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    <description>Felicitaciones has instalado exitosamente tu Bludit.</description>
    <lastBuildDate>Sat, 10 Oct 2026 21:27:06 +0200</lastBuildDate>
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      <title>La guerra de intentar hacerlo bien</title>
      <link>https://maemendozalibros.com/blog/autosave-f7f84825d950f8884e1f3cc7294c1200</link>
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      <description>&lt;p&gt;&lt;img src="https://maemendozalibros.com/blog/bl-content/uploads/pages/autosave-f7f84825d950f8884e1f3cc7294c1200/thumbnails/12-jpg.jpg" style="float: left;"&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—En mi casa el iPad se llama «cállate un mes» —dice una amiga que, por proteger su intimidad, pongamos que se llama María, mientras merendamos en una quedada de mamis de clase.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Nos echamos a reír.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;María tiene tres niñas de siete, quince y diecisiete años. Le queda la energía de quien ha sacado la bandera blanca y la ondea pidiendo auxilio, que no perdón; y lleva por delante la honestidad cruda que no intenta convencer ni disimular.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Yo me tumbo en el sofá con mi manta, un trozo de bizcocho y el móvil… y que nadie me hable en una hora por lo menos —añade—. Es mi momento, tía.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Yo no se los doy, me da igual cómo se pongan —sentencia Laura, policía nacional, barriendo el aire con la mano derecha—. Yo he estado en reuniones de amigos y, a partir de cierta hora, todos los niños dejan de jugar y se sientan con el móvil de sus padres, menos los míos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Sorbo colectivo de vino blanco.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¿Y qué hacen entonces? —pregunta María, alzando una ceja.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Jugar. —Laura se encoge de hombros—. Pelearse, correr, aburrirse… lo normal. Los niños tienen que jugar. El móvil no es para niños.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Sonrío en silencio observando a la pequeña de Lucía, de apenas un año, bailar reguetón con Alexa en una mano y una bolsa de patatas en la otra.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Dopamina.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Mami, vamos a hacer un TikTok.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Antes de terminar la frase, la hija de Trini arrebata el móvil de las manos de su madre y se aleja con andares de preadolescente. Cuando ella y sus otras amigas sieteañeras acaban el baile, pegan sus cabecitas frente a la pantalla para hacer scroll de los vídeos de los demás: un carrusel infinito de creatividad que se desplaza sin pausa ante unos ojos que creen que eso es el mundo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Que tire la primera piedra quien esté libre de pecado.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Porque seamos honestos. Que levante la mano quien nunca haya dado el móvil a sus hijos para distraerlos en la consulta del médico, para que coman, para que no lloren. Yo también lo hice.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Recuerdo una noche a mi hijo mayor, siendo un bebé, viendo vídeos de canciones de CoComelon, Pocoyó, dibujos animados en inglés.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Bueno, al menos así practica otro idioma.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Una siempre busca la manera de justificarse y culparse. Era una madre primeriza; hoy probablemente no lo haría. Pero aquella noche yo solo quería cenar y conversar con mis amigos mientras él permanecía tranquilo en su carrito, mirando sus canciones con el chupete en la boca.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Su cerebro sin desarrollar delante de la pantalla.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;__&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En el aula, las dinámicas que implicaban la tableta eran, sin duda, el momento favorito del día. Mis alumnos y alumnas de cinco años esperaban su turno de pantalla educativa con la misma impaciencia que la mañana de Reyes. Y raro era quien no se enfadara al dejarlo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Llegué a usarla como sistema de control:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—El que interrumpa la Asamblea tiene –1 punto. El que llegue a –3 puntos no juega hoy con la tableta.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y con ese «chantaje» me compraba un silencio llevadero que permitía cierta concentración y trabajo en equipo. Tarjetas de cartón, imágenes impresas, páginas repletas de palabras estáticas, trazo lento que aparece en la pizarra a ritmo humano. Bostezos, interrupciones, bromas, alguna pelea. Y vuelta a empezar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Solo delante de la pantalla no parpadeaban ni protestaban. Solo ahí no había preguntas, ni dudas, ni quejas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En ese mundo digital, el tiempo se hace invisible y desaparecen el dolor, el cansancio y el aburrimiento para volver luego como un tsunami cuando levantan la mirada a una realidad que no despierta el más mínimo interés: lápices que no saben agarrar correctamente, cuadernos que no deslizan su contenido con la punta del índice, libros que requieren el esfuerzo de imaginar para entender.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;La epidemia de la falta de atención.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Bueno… Yo el móvil no se lo doy, pero la tele sí se la pongo —dice Lucía, madre de mellizos de un año y una niña de siete—. Si no, no me da la vida.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Eso —añade Trini, que ya tiene su móvil de vuelta en las manos y ahora mira tiendas online—. Llega un momento en que ya estás agotada. ¿Os gusta este vestido?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Le da la vuelta al móvil. María se arrima y ambas empiezan a deslizar modelos con el dedo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Yo les dejo ver la tele o la tableta cuando me quiero echar la siesta —aporto yo—. Netflix, porque YouTube no me gusta. Es que ahí hay de todo; no hay control.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Yo sí les dejo YouTube, les encanta —dice Laura—. Ahora, videojuegos no tienen, y no sé si se los compraré.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Los míos tienen la Nintendo —confieso—. Les dejo jugar los domingos por la tarde si no estamos fuera.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;¿Habrá videojuegos más adictivos que otros?&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Los hay de baile, de deportes; por ahí busco una opción más productiva. Me consuelo pensando que, si los niños se mueven, no será tan malo como los que se juegan solo con el mando.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Mis mayores se meten cada una en su habitación con su móvil y tan tranquilas —aporta María sin levantar la vista de la pantalla—. No se escucha una mosca.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Nosotros tuvimos que ir el otro día a intervenir en una casa —murmura Laura con los ojos muy abiertos—. Una madre nos llamó porque su hijo le estaba pegando por quererle quitar el móvil. Tres uniformes en medio del salón y no se lo podíamos quitar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Descolgamos la mandíbula y exhalamos un suspiro simultáneo. Damos un trago al vino con el silencio compartido de complicidad y miedo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Recuento interno de excusas y culpas.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Las madres somos profesionales de ese círculo vicioso que nos marea la conciencia. Hacemos lo mejor que podemos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Hacemos, lo mejor que podemos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;__&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Recuerdo a ese alumno que se agarraba a su madre por las mañanas, negándose a entrar a clase. Un niño mimado por falta de estabilidad que buscaba constantemente la atención de sus padres divorciados.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Si entras, te dejo jugar un ratito con la tableta —le susurré, muy antipedagógicamente, un par de veces. Y, por supuesto, funcionó con la más amplia de las sonrisas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;O aquel de seis años que lloraba cada tarde cuando llegaba la hora de su clase de inglés en la academia.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—No entiendo por qué llora —me decía su madre—. Si aquí se lo pasa muy bien.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Un día se me ocurrió preguntarle qué hacía el niño justo antes de venir a las clases de la tarde.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Después de comer le dejo ver un rato la tableta hasta que venimos aquí —contestó ella.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Le propuse entonces probar algo diferente: jugar, dibujar o leer antes de venir a la academia. Y el niño nunca volvió a llorar cuando llegaba la hora de la clase de inglés.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;__&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;No importa su personalidad ni su nivel intelectual, si son inquietos o tranquilos. La pantalla siempre gana.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Hacer las cosas bien es echarse a la espalda la cruz de una guerra que se libra dentro y fuera de uno mismo. El terreno de mi casa —como mi cabeza— es un escenario bélico de juguetes abandonados. Un vórtice de gritos, peleas y amores que implosiona y estalla continuamente. Hacer las cosas bien tiene un lado sucio y ruidoso:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡Es mi turno!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡Has perdido!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡Tramposo!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡Dámelo!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Un tiro al aire con la última bala de un cuerpo madrugado y trabajado que necesita cerrar los ojos antes de afrontar el resto de la tarde de extraescolares, meriendas, viajes, cenas, colada, ducha y tareas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Mañana haremos una manualidad.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Si recogéis, os dejo poner la tele un rato.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La ausencia en el olvido. El silencio de la pantalla. Respirar en la culpa para retomar la guerra en un rato.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La guerra de intentar hacerlo bien.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;__&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Durante años fui acumulando escenas como estas: en el aula, en el parque, en reuniones de padres, en mi propia casa. Y poco a poco fui entendiendo algo que me inquietaba. Tal vez por eso escribí El niño y el teléfono y otros textos relacionados con esta temática. Estamos ante una fuerza poderosa que puede volverse más grande que nosotros mismos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Adicción generalizada.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Hoy sabemos que las interfaces digitales están diseñadas con una velocidad y una intensidad visual que el cerebro humano apenas puede procesar. Que el uso excesivo de pantallas tiene consecuencias reales en la forma en que vivimos, aprendemos y nos relacionamos, y que ha cambiado la esencia misma de lo que significa «ser humano».&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Esa estimulación constante nos causa ansiedad, dificultad de concentración y acostumbra el cerebro a recompensas rápidas, lo que hace que el mundo real parezca más lento y menos interesante. En los niños, se traduce en problemas de atención, aprendizaje, autocontrol o lenguaje; en los adolescentes, deriva en dependencia, baja autoestima, depresión o aislamiento; en los adultos, en cansancio mental y dificultad para desconectar. ¡Y qué decir de la falta de sueño!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;No se trata de abandonar la tecnología, que ha llegado para quedarse, sino de ser conscientes del control que ejerce sobre nosotros y aprender a usarla con equilibrio. La infancia necesita que el aburrimiento deje de ser la excepción; solo allí nacen las ideas, el juego y la creatividad.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;__&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Casi a las once de la noche, las mamis barremos, recogemos los restos de merienda en nuestras bolsas de supermercado y nos damos dos besos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡Chicos, nos vamos!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Un enjambre de manos y piernas sudadas y raspadas se acerca quejándose y rascándose los ojos. Sé que se van a dormir en el coche camino a casa. Sé que llorarán, no, chillarán cuando los despierte para bajarlos. Sé que si les pongo un vídeo musical en el móvil igual aguantan esos diez minutos de trayecto. Suspiro anticipando la culpa.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Batalla ganada, batalla perdida.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me despido de los mellizos de un año que ya están acurrucados en sus hamaquitas frente al televisor de 65 pulgadas. Chupete en la boca. Colores, música y adioses. «Que voy a recoger».&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Felices ellos. Felices todos.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;__&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Arranco el coche. Hago inventario de excusas y culpas. Jugar al aire libre; conversar; hacer tareas, dibujos y manualidades; tocar los instrumentos; practicar deporte; hablar inglés; leer; abrazarnos y besarnos mil veces; meternos y sacarnos de la cama con una sonrisa. No falta nada. Pero la culpa mercenaria acecha bajo el regaño, los enfados, la voz alzada y, por supuesto, las pantallas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Elijo yo el vídeo. Si alguien se queja, lo apago.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Paso el móvil para los asientos traseros. Silencio.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La atención es un tesoro que se cae en fragmentos como trozos de libros que nadie leerá, que casi nadie puede leer, porque no sabemos hacer una sola cosa durante más de treinta segundos. Vivimos saltando de una app a otra, de un vídeo a otro, experimentando el mundo en millones de imágenes perfectas que aceptamos como ciertas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Fantasía. La vida no es eso.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El zapping constante al que nos hemos sometido nos causa ansiedad, estrés y una profunda sensación de soledad. La identidad ya no se construye de dentro hacia fuera, sino de fuera hacia dentro. De la reacción pública a un personaje ficticio que inventamos, a un vacío interior que no sabe ser feliz si no es en medio del ruido. Somos esclavos de esa fachada.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Después de ponerles el pijama sobre la mugre y pelearnos por lavarnos los dientes, leemos un cuento y «te quiero, te quiero, te quiero».&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Os quiero tanto.&lt;a href="https://maemendozalibros.com/blog/bl-content/uploads/pages/f7f84825d950f8884e1f3cc7294c1200/12-jpg.jpg"&gt;&lt;/a&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Mi culpa y yo bajamos las escaleras para recoger la cocina y preparar mochilas, uniformes y meriendas para el día siguiente.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La vida es un largometraje de autor. Lento, irregular. Lleno de silencios, partes tristes, serias y rotas; primeros planos aburridos y traumáticos y, con suerte, momentos que solo son increíbles cuando se viven en primera persona.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;No podemos dejar que nuestros niños y niñas crezcan midiendo su valor en likes; que las futuras generaciones diluyan su felicidad en unos y ceros; y se transformen en la caricatura digital de sí mismos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Debemos crear conciencia. Dar ejemplo. Hablar con nuestros hijos e hijas mirándoles a los ojos. Y perdonarnos. Soltar el móvil de vez en cuando, respirar hondo y volver a la trinchera en la guerra de intentar hacerlo bien.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Somos humanos y no brillamos. No parpadeamos con miles de colores. No funcionamos a la velocidad de un algoritmo. Somos lentos, aburridos y únicos. Y hacemos lo que podemos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Solo la interacción física con otras personas y con el mundo real puede atar nuestros pies a la tierra y hacernos sentir seguros, vivos, acompañados y significativos. Ahí está la esencia de la libertad que buscamos, el sentido de comunidad, la conexión que queda cuando se apaga el wifi y el camino a la felicidad verdadera.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Mae Mendoza&lt;/p&gt;</description>
      <pubDate>Sat, 10 Oct 2026 20:55:44 +0200</pubDate>
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      <title>¿Y si el problema no es el móvil?</title>
      <link>https://maemendozalibros.com/blog/autosave-6c0f52fbb0b8a6a1eb61032e5eb3f4b2</link>
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      <description>&lt;h5&gt;Escrito por Mae Mendoza                         &lt;/h5&gt;
&lt;h5&gt;Foto: Mae Mendoza&lt;/h5&gt;
&lt;h5&gt;Publicado en Jot Down Magazine  &lt;a href="https://www.jotdown.es/2026/05/y-si-el-problema-no-es-el-movil/" target="_blank" rel="noopener"&gt;Enlace a artículo&lt;/a&gt;&lt;/h5&gt;
&lt;p&gt;                                                                     &lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Esta mañana no encontraba la tableta para hacer los deberes en la plataforma del colegio. Cuando por fin la encuentro, la batería da un aviso en rojo a mitad de la ficha y la pantalla se funde en negro.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡Nooooo! ¡Mami, no pude darle a «enviar»!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—No te preocupes, yo hablo con la profe. Repasa el dictado del viernes.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Mi madre me da su móvil con el documento en letras grandes, que yo leo deslizando la imagen a la izquierda y a la derecha. El desayuno estaba frío cuando me senté, mamá ya tenía las llaves en la mano.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Vamos, que no llegamos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;¿Y si el problema no es la pantalla?&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Cogí la tostada y la mochila y me metí en el coche.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¿Cuáles son las palabras difíciles? —pregunta mi madre al arrancar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Mmm… Helicóptero, héroe, agujero… lluvia… ¿Sabes que ayer, en gimnasia, a Pablo le dio el balón en la cara?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El coche atraviesa la ciudad que despierta. La gente camina rápido entre cafés, móviles y auriculares.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Haz los ejercicios de la lengua —dice mamá al frenar en la intersección—. La logopeda dijo que era media hora al día, y no los hacemos nunca.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—A Pablo se le fue la cabeza hacia atrás y algunos se rrriendo —le cuento, mientras recorro el paladar con la lengua de atrás a adelante—. Rieron.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Mi madre lee en su móvil y sonríe. Cuando el semáforo cambia a verde, teclea rápido y mueve la palanca de cambio.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;¿Y si el problema es que no sabemos permanecer?&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Yo no, mami. —Alargo la cabeza, tratando de ver su cara en el retrovisor—. Yo no me reí.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Muy bien, mi amor. —Gira el volante—. Nueve por uno…&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;¿Y si el problema no es el scrolling digital, sino ese invisible que nos empuja por el día en una sucesión infinita de interrupciones?&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Nueve. Nueve por dos, dieciocho…&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Cuando llegamos al cole ya ha sonado la campana. Mami sube el coche a la acera y corre hacia mi puerta.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡Vamos, mi amor! Que nos cierran.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¿Vas a entrar?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—No puedo, cariño. Tengo el coche fatal.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;¿Y si el problema es la norma invisible, el robo sin permiso, la pérdida?&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Abrazos, besos, abrazos. Ella saluda a otras mamis y se queda conversando mientras me despide de lejos con la mano. La veo salir corriendo y me uno a la fila de la clase.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Que estamos en todas partes y en ningún sitio, saltando la vida a ráfagas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En el aula hay una pantalla enorme que ocupa casi toda la pared. Hacemos silencio; todo el mundo sabe que los juegos de la pantalla interactiva son los más chulos. Levantamos la mano para ponernos de pie a enlazar imagen con texto en el tema de Ciencias: «Los seres vivos y su adaptación al medio».&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Nos ponen dibujitos mientras desayunamos: la Pantera Rosa. La profe corrige fichas mientras se come su bocadillo. En el patio, hacemos un círculo alrededor del reloj inteligente de Tomás, que tiene jueguecitos, toma fotos y pone música. Él lo levanta por encima de su cabeza para que no se lo estropeemos. Nos vamos a jugar al borde de la valla. Hago un grupo de WhatsApp con mis amigas en mi teléfono de papel. Si quieren entrar al club, deben decir la contraseña: «pajaritoazul». Marta se echa a llorar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Tal vez el cambio se nos esté filtrando en la sangre como un virus silencioso.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El timbre, Mates, Lengua. Otro timbre, los deberes. Dos besos y al coche.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¿Qué hay de comer?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Lentejas. —Mi madre me rodea con el brazo sin dejar de andar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¿Sabes qué nos encontramos Marta y yo en el patio hoy?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¿Qué, mi amor? Sube, sube, que están pasando los coches.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Un pajarito azul, pero…&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Espera.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El ruido del intermitente del coche se mezcló con la llamada entrante en el altavoz: «Laura. Mamá María cole».&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Ay, un segundo, cariño. ¿Sí, Laura?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;¿Y si el problema es que nunca hemos tenido tanto y tan poco?&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡Tía! ¿Has visto lo del grupo del cole?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—No, voy conduciendo ahora mismo. ¿Qué ha pasado?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Pues que han cambiado lo de la excursión otra vez por lluvia. Los padres están que trinan.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Madre mía. ¡Pero eso lleva tres meses pagado; ya he cambiado el piano dos veces!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Yo miro por la ventana, jugando con una hoja entre las manos. Los árboles pasan como si alguien los borrara con una goma. Desconecto de las palabras y solo queda la voz enfadada de mi madre, resonando como un eco extraño. Cuelga.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—A ver, dime —retoma, buscándome por el retrovisor—. ¿Qué pasó con Marta?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Nos encontramos un pajarito, mami. Y Marta se echó a llorar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¿Por qué? ¿Marta se hizo daño?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La vibración del reloj inteligente transformó la expresión de mi madre en una especie de caricatura: ojos demasiado abiertos, cejas en alto y la boca dibujada en una gran O.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—No, no fue Marta la que se hizo daño…&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;¿Y si el problema es que somos analfabetos en conocernos?&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡Señora, cuidado! —grita un ciclista cuando mi madre le frena encima.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ella levanta la mano en gesto de disculpa y se muerde el labio.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Tengo que conectarme… La reunión ya va a empezar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Queremos recorrer mil caminos sin saber dónde estamos parados.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El coche acelera; yo agarro el asa del techo en una curva. Llego a casa mareada. Mamá se descalza y sale corriendo hacia su despacho a gritos:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡Ana: zapatos, mochila, botella, manos, ropa de kárate!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;Y la escalada constante rompe los hilos que nos unen.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Mi padre pasa por mi lado hablando al auricular y me da un beso en la cabeza.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¿Qué tal, cariño?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Bien, ¿sabes qué nos pasó hoy?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Sssshhh. —Se lleva el índice a los labios mientras apunta al auricular con el dedo—. Estoy en una llamada.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La flexibilidad ha borrado las fronteras hasta no saber ser lo esencial: humanos. La ciencia avanza a un ritmo que no nos permite ponernos al día con su uso correcto. Pero el desfase no es técnico: es evolutivo. Si no implementamos la educación digital al mismo tiempo que la tecnología, corremos el riesgo de alterar nuestra esencia. Hemos incorporado la herramienta sin incorporar el criterio; entonces, el problema no es la herramienta.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me visto con la ropa de kárate, coloco la caja de la merienda y el agua en la cocina, me lavo las manos. Preparo la mochila de piano y me siento delante de las lentejas que mi padre me ha calentado. Otro beso en la cabeza y:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Me vuelvo a la oficina, Anita.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Papi, si los pájaros vuelan muy alto, ¿se pueden caer? —pregunto sin dejar de masticar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Mmmmm, pues ni idea. Depende del pájaro, supongo. —Se encoge de hombros—. A lo mejor si hace mucho viento… Cuando el levante sopla fuerte, tira hasta a los árboles.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Elegir qué conservar antes de perdernos por completo: ese es el reto emocional y educativo del que depende nuestro futuro.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Termino de comer y pongo el plato en el fregadero. Pienso en el patio del cole; no recuerdo ramas caídas. Me lavo los dientes. Desbloqueo la tableta, abro YouTube y escribo: «How to draw».&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Quizás hemos delegado la imaginación, la creatividad y el intelecto porque es más cómodo callarnos por dentro con una pantalla.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Entre todos los vídeos que aparecen, elijo uno de un helado con cara de gatito. Empiezo a dibujarlo siguiendo las instrucciones. Mi madre se sienta a mi lado con un plato de lentejas y el ordenador del trabajo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Debemos educar predicando con un ejemplo que no siempre existe. Aplicar herramientas para gestionar nuestro tiempo en línea mientras la vida sucede entre unos y ceros.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Qué bien te está quedando, cariño.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡Gracias! ¿Quieres ver el dibujo que hice en el cole?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ella asiente con la boca llena y yo corro hacia mi mochila. Pongo mi dibujo al lado de su ordenador negro. Ella alterna la mirada entre la pantalla y mi papel, donde un grupo de niños y niñas salta con los brazos en alto; hay árboles y plantas alrededor; del cielo caen plumas azules que llenan todo el espacio.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Precioso, mi amor, ¡qué dibujo tan original!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Mi madre se mete la última cucharada de lentejas en la boca y se levanta hacia la cocina.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;¿Y si el problema es que hemos borrado el camino hacia la calma, sin dejar migas ni recuerdos de nosotros mismos?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Lo hice para alegrar a Marta, nunca habíamos pensado en la muerte…&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Un cacharrear de platos y vasos me responde desde la cocina.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡Si quieres, ponte la tele un ratito, en media hora salimos! —vocea, mientras entra a la habitación que hace de despacho con el ordenador abierto entre los brazos como un bebé.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;¿Y si el problema es que lo único que compartimos es la soledad?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Yo me tiro en el sofá según acaba la frase, y el «tutún» de Netflix me da un salto de alegría en el estómago.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Pipí, agua y zapatos. Puerta, coche y una clase de kárate que me deja oliendo a mono. Mamá me recoge y me da la merienda en el coche camino a casa de la maestra de piano. Me bajo con las galletas en la mano. Besos y abrazos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Coche, manos, cena, y:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¿Puedo ponerme la tableta mientras como? No pude terminar el episodio de antes…&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Valeee, pero no tardes, que es la hora de la ducha.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Hemos rellenado todos los huecos para quedarnos tirados en la cuneta, al margen de nuestras propias decisiones. Vemos nuestra historia contarse sola como el guion de una película, corriendo tras ella sin lograr alcanzarla.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Salgo del baño con el pijama torcido y el pelo mojado. Corro al salón a buscar a mi padre.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Papi, mira lo que hice hoy.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El dibujo de unas plumas azules, rotas, esparcidas en el aire. Él aleja la vista para enfocar mi dibujo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡Qué lindo, Anita! —Me revuelve el pelo—. ¿Qué es?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Del pájaro. Yo creo que no había levante, así que es muy extraño…&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¿Quieres una mascota?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—No, no.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—A la cama —interrumpe mamá con un libro bajo el brazo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¿Puedo jugar un ratillo?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—No, mi amor, es muy tarde. No hay tiempo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me empuja suavemente hacia la escalera con la mano en mi espalda. Leemos un cuento y apaga la luz. Besos, abrazos y «buenas noches».&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Cuando sale, un escalofrío nervioso me obliga a sentarme de un salto. El corazón me late tan fuerte que parece querer escapar tras mi madre. Me aprieto la barriga con ambas manos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡Mami! ¡Mami!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;¿Y si el problema es lo tarde que llegamos a todo, hasta a nuestra propia vida?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡¿Quéeeeee?! —vocea desde la escalera con el cansancio impaciente en la voz.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;¿Que lo único que nos une es ese sello de ansiedad que nos marca como una cicatriz de guerra?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Al final no te conté… —murmuro.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Anita, se acabó el día. Todavía no me he duchado, ni cenado, ni sentado. Por favor, a dormir.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me muerdo el labio y me recuesto otra vez en silencio. Mis ojos, como platos húmedos, están fijos en el techo. Entiendo a Marta. Yo me hice la valiente, pero tengo el mismo temblor de miedo apretándome un nudo en la garganta. «Seguramente era viejo y estaba enfermo», le dije en ese momento sin saber qué decir. Pero ahora no sé qué decirme a mí misma. Siento mi mirada asustada en la habitación oscura volver a esa imagen: el pajarillo azul completamente espachurrado en el suelo, la mitad de su cuerpo abierto, aplastado en un reguero de sangre y tripas. Medio cuerpo azul y medio rojo, plumas sueltas sin dueño por el césped, y nosotros alrededor.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;¿Y si el problema es no entender que el regalo más caro es el tiempo?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Suspiro y aprieto los párpados; hoy no podré dormir.&lt;/p&gt;</description>
      <pubDate>Fri, 09 Oct 2026 13:04:25 +0200</pubDate>
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      <title>Acerca de</title>
      <link>https://maemendozalibros.com/blog/acerca-de</link>
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      <description>&lt;p&gt;Mae Mendoza es lingüista, profesora y autora. De origen cubano, está nacionalizada en España desde 2006, país en el que ha desarrollado la mayor parte de su trayectoria personal y profesional.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ha ejercido durante años como profesora de inglés, especialmente en las etapas de Educación Infantil y Primaria, así como con adolescentes y adultos en academias privadas. Su trabajo en el aula ha estado siempre marcado por una mirada atenta a la emoción, al lenguaje como vínculo y al aprendizaje significativo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Cuenta con formación transversal en inteligencia emocional, mindfulness, educación consciente, gestión emocional, atención plena y desarrollo socioemocional, áreas que han influido profundamente tanto en su forma de enseñar como en su manera de escribir.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En la actualidad es funcionaria y compagina su labor profesional con la escritura, a la que dedica el tiempo que le permite una vida familiar intensa y creativa. Es madre de dos niños y una niña, a quienes considera sus mayores maestros: a través de ellos redescubre cada día el juego, la curiosidad y la importancia de estar presentes.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Firme defensora del juego analógico, de la reconexión humana y de un uso consciente y equilibrado de la tecnología, sus libros nacen del deseo de proteger espacios de calma, imaginación y encuentro en un mundo cada vez más acelerado y digital.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;A través de historias sensibles y cercanas, Mae Mendoza invita a lectores de todas las edades a pensar, sentir y elegir, recordando que la tecnología puede ser una herramienta valiosa, pero nunca un sustituto del vínculo, la experiencia y la piel.&lt;/p&gt;</description>
      <pubDate>Thu, 08 Oct 2026 18:47:00 +0200</pubDate>
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