La guerra de intentar hacerlo bien

—En mi casa el iPad se llama «cállate un mes» —dice una amiga que, por proteger su intimidad, pongamos que se llama María, mientras merendamos en una quedada de mamis de clase.

Nos echamos a reír.

María tiene tres niñas de siete, quince y diecisiete años. Le queda la energía de quien ha sacado la bandera blanca y la ondea pidiendo auxilio, que no perdón; y lleva por delante la honestidad cruda que no intenta convencer ni disimular.

—Yo me tumbo en el sofá con mi manta, un trozo de bizcocho y el móvil… y que nadie me hable en una hora por lo menos —añade—. Es mi momento, tía.

—Yo no se los doy, me da igual cómo se pongan —sentencia Laura, policía nacional, barriendo el aire con la mano derecha—. Yo he estado en reuniones de amigos y, a partir de cierta hora, todos los niños dejan de jugar y se sientan con el móvil de sus padres, menos los míos.

Sorbo colectivo de vino blanco.

—¿Y qué hacen entonces? —pregunta María, alzando una ceja.

—Jugar. —Laura se encoge de hombros—. Pelearse, correr, aburrirse… lo normal. Los niños tienen que jugar. El móvil no es para niños.

Sonrío en silencio observando a la pequeña de Lucía, de apenas un año, bailar reguetón con Alexa en una mano y una bolsa de patatas en la otra.

Dopamina.

—Mami, vamos a hacer un TikTok.

Antes de terminar la frase, la hija de Trini arrebata el móvil de las manos de su madre y se aleja con andares de preadolescente. Cuando ella y sus otras amigas sieteañeras acaban el baile, pegan sus cabecitas frente a la pantalla para hacer scroll de los vídeos de los demás: un carrusel infinito de creatividad que se desplaza sin pausa ante unos ojos que creen que eso es el mundo.

Que tire la primera piedra quien esté libre de pecado.

Porque seamos honestos. Que levante la mano quien nunca haya dado el móvil a sus hijos para distraerlos en la consulta del médico, para que coman, para que no lloren. Yo también lo hice.

Recuerdo una noche a mi hijo mayor, siendo un bebé, viendo vídeos de canciones de CoComelon, Pocoyó, dibujos animados en inglés.

Bueno, al menos así practica otro idioma.

Una siempre busca la manera de justificarse y culparse. Era una madre primeriza; hoy probablemente no lo haría. Pero aquella noche yo solo quería cenar y conversar con mis amigos mientras él permanecía tranquilo en su carrito, mirando sus canciones con el chupete en la boca.

Su cerebro sin desarrollar delante de la pantalla.

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En el aula, las dinámicas que implicaban la tableta eran, sin duda, el momento favorito del día. Mis alumnos y alumnas de cinco años esperaban su turno de pantalla educativa con la misma impaciencia que la mañana de Reyes. Y raro era quien no se enfadara al dejarlo.

Llegué a usarla como sistema de control:

—El que interrumpa la Asamblea tiene –1 punto. El que llegue a –3 puntos no juega hoy con la tableta.

Y con ese «chantaje» me compraba un silencio llevadero que permitía cierta concentración y trabajo en equipo. Tarjetas de cartón, imágenes impresas, páginas repletas de palabras estáticas, trazo lento que aparece en la pizarra a ritmo humano. Bostezos, interrupciones, bromas, alguna pelea. Y vuelta a empezar.

Solo delante de la pantalla no parpadeaban ni protestaban. Solo ahí no había preguntas, ni dudas, ni quejas.

En ese mundo digital, el tiempo se hace invisible y desaparecen el dolor, el cansancio y el aburrimiento para volver luego como un tsunami cuando levantan la mirada a una realidad que no despierta el más mínimo interés: lápices que no saben agarrar correctamente, cuadernos que no deslizan su contenido con la punta del índice, libros que requieren el esfuerzo de imaginar para entender.

La epidemia de la falta de atención.

—Bueno… Yo el móvil no se lo doy, pero la tele sí se la pongo —dice Lucía, madre de mellizos de un año y una niña de siete—. Si no, no me da la vida.

—Eso —añade Trini, que ya tiene su móvil de vuelta en las manos y ahora mira tiendas online—. Llega un momento en que ya estás agotada. ¿Os gusta este vestido?

Le da la vuelta al móvil. María se arrima y ambas empiezan a deslizar modelos con el dedo.

—Yo les dejo ver la tele o la tableta cuando me quiero echar la siesta —aporto yo—. Netflix, porque YouTube no me gusta. Es que ahí hay de todo; no hay control.

—Yo sí les dejo YouTube, les encanta —dice Laura—. Ahora, videojuegos no tienen, y no sé si se los compraré.

—Los míos tienen la Nintendo —confieso—. Les dejo jugar los domingos por la tarde si no estamos fuera.

¿Habrá videojuegos más adictivos que otros?

Los hay de baile, de deportes; por ahí busco una opción más productiva. Me consuelo pensando que, si los niños se mueven, no será tan malo como los que se juegan solo con el mando.

—Mis mayores se meten cada una en su habitación con su móvil y tan tranquilas —aporta María sin levantar la vista de la pantalla—. No se escucha una mosca.

—Nosotros tuvimos que ir el otro día a intervenir en una casa —murmura Laura con los ojos muy abiertos—. Una madre nos llamó porque su hijo le estaba pegando por quererle quitar el móvil. Tres uniformes en medio del salón y no se lo podíamos quitar.

Descolgamos la mandíbula y exhalamos un suspiro simultáneo. Damos un trago al vino con el silencio compartido de complicidad y miedo.

Recuento interno de excusas y culpas.

Las madres somos profesionales de ese círculo vicioso que nos marea la conciencia. Hacemos lo mejor que podemos.

Hacemos, lo mejor que podemos.

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Recuerdo a ese alumno que se agarraba a su madre por las mañanas, negándose a entrar a clase. Un niño mimado por falta de estabilidad que buscaba constantemente la atención de sus padres divorciados.

—Si entras, te dejo jugar un ratito con la tableta —le susurré, muy antipedagógicamente, un par de veces. Y, por supuesto, funcionó con la más amplia de las sonrisas.

O aquel de seis años que lloraba cada tarde cuando llegaba la hora de su clase de inglés en la academia.

—No entiendo por qué llora —me decía su madre—. Si aquí se lo pasa muy bien.

Un día se me ocurrió preguntarle qué hacía el niño justo antes de venir a las clases de la tarde.

—Después de comer le dejo ver un rato la tableta hasta que venimos aquí —contestó ella.

Le propuse entonces probar algo diferente: jugar, dibujar o leer antes de venir a la academia. Y el niño nunca volvió a llorar cuando llegaba la hora de la clase de inglés.

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No importa su personalidad ni su nivel intelectual, si son inquietos o tranquilos. La pantalla siempre gana.

Hacer las cosas bien es echarse a la espalda la cruz de una guerra que se libra dentro y fuera de uno mismo. El terreno de mi casa —como mi cabeza— es un escenario bélico de juguetes abandonados. Un vórtice de gritos, peleas y amores que implosiona y estalla continuamente. Hacer las cosas bien tiene un lado sucio y ruidoso:

—¡Es mi turno!

—¡Has perdido!

—¡Tramposo!

—¡Dámelo!

Un tiro al aire con la última bala de un cuerpo madrugado y trabajado que necesita cerrar los ojos antes de afrontar el resto de la tarde de extraescolares, meriendas, viajes, cenas, colada, ducha y tareas.

Mañana haremos una manualidad.

—Si recogéis, os dejo poner la tele un rato.

La ausencia en el olvido. El silencio de la pantalla. Respirar en la culpa para retomar la guerra en un rato.

La guerra de intentar hacerlo bien.

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Durante años fui acumulando escenas como estas: en el aula, en el parque, en reuniones de padres, en mi propia casa. Y poco a poco fui entendiendo algo que me inquietaba. Tal vez por eso escribí El niño y el teléfono y otros textos relacionados con esta temática. Estamos ante una fuerza poderosa que puede volverse más grande que nosotros mismos.

Adicción generalizada.

Hoy sabemos que las interfaces digitales están diseñadas con una velocidad y una intensidad visual que el cerebro humano apenas puede procesar. Que el uso excesivo de pantallas tiene consecuencias reales en la forma en que vivimos, aprendemos y nos relacionamos, y que ha cambiado la esencia misma de lo que significa «ser humano».

Esa estimulación constante nos causa ansiedad, dificultad de concentración y acostumbra el cerebro a recompensas rápidas, lo que hace que el mundo real parezca más lento y menos interesante. En los niños, se traduce en problemas de atención, aprendizaje, autocontrol o lenguaje; en los adolescentes, deriva en dependencia, baja autoestima, depresión o aislamiento; en los adultos, en cansancio mental y dificultad para desconectar. ¡Y qué decir de la falta de sueño!

No se trata de abandonar la tecnología, que ha llegado para quedarse, sino de ser conscientes del control que ejerce sobre nosotros y aprender a usarla con equilibrio. La infancia necesita que el aburrimiento deje de ser la excepción; solo allí nacen las ideas, el juego y la creatividad.

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Casi a las once de la noche, las mamis barremos, recogemos los restos de merienda en nuestras bolsas de supermercado y nos damos dos besos.

—¡Chicos, nos vamos!

Un enjambre de manos y piernas sudadas y raspadas se acerca quejándose y rascándose los ojos. Sé que se van a dormir en el coche camino a casa. Sé que llorarán, no, chillarán cuando los despierte para bajarlos. Sé que si les pongo un vídeo musical en el móvil igual aguantan esos diez minutos de trayecto. Suspiro anticipando la culpa.

Batalla ganada, batalla perdida.

Me despido de los mellizos de un año que ya están acurrucados en sus hamaquitas frente al televisor de 65 pulgadas. Chupete en la boca. Colores, música y adioses. «Que voy a recoger».

Felices ellos. Felices todos.

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Arranco el coche. Hago inventario de excusas y culpas. Jugar al aire libre; conversar; hacer tareas, dibujos y manualidades; tocar los instrumentos; practicar deporte; hablar inglés; leer; abrazarnos y besarnos mil veces; meternos y sacarnos de la cama con una sonrisa. No falta nada. Pero la culpa mercenaria acecha bajo el regaño, los enfados, la voz alzada y, por supuesto, las pantallas.

—Elijo yo el vídeo. Si alguien se queja, lo apago.

Paso el móvil para los asientos traseros. Silencio.

La atención es un tesoro que se cae en fragmentos como trozos de libros que nadie leerá, que casi nadie puede leer, porque no sabemos hacer una sola cosa durante más de treinta segundos. Vivimos saltando de una app a otra, de un vídeo a otro, experimentando el mundo en millones de imágenes perfectas que aceptamos como ciertas.

Fantasía. La vida no es eso.

El zapping constante al que nos hemos sometido nos causa ansiedad, estrés y una profunda sensación de soledad. La identidad ya no se construye de dentro hacia fuera, sino de fuera hacia dentro. De la reacción pública a un personaje ficticio que inventamos, a un vacío interior que no sabe ser feliz si no es en medio del ruido. Somos esclavos de esa fachada.

Después de ponerles el pijama sobre la mugre y pelearnos por lavarnos los dientes, leemos un cuento y «te quiero, te quiero, te quiero».

Os quiero tanto.

Mi culpa y yo bajamos las escaleras para recoger la cocina y preparar mochilas, uniformes y meriendas para el día siguiente.

La vida es un largometraje de autor. Lento, irregular. Lleno de silencios, partes tristes, serias y rotas; primeros planos aburridos y traumáticos y, con suerte, momentos que solo son increíbles cuando se viven en primera persona.

No podemos dejar que nuestros niños y niñas crezcan midiendo su valor en likes; que las futuras generaciones diluyan su felicidad en unos y ceros; y se transformen en la caricatura digital de sí mismos.

Debemos crear conciencia. Dar ejemplo. Hablar con nuestros hijos e hijas mirándoles a los ojos. Y perdonarnos. Soltar el móvil de vez en cuando, respirar hondo y volver a la trinchera en la guerra de intentar hacerlo bien.

Somos humanos y no brillamos. No parpadeamos con miles de colores. No funcionamos a la velocidad de un algoritmo. Somos lentos, aburridos y únicos. Y hacemos lo que podemos.

Solo la interacción física con otras personas y con el mundo real puede atar nuestros pies a la tierra y hacernos sentir seguros, vivos, acompañados y significativos. Ahí está la esencia de la libertad que buscamos, el sentido de comunidad, la conexión que queda cuando se apaga el wifi y el camino a la felicidad verdadera.

Mae Mendoza